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Los Pedrales de Ribadesella

Combinan la caducidad de sus formas sometidas a la erosión con la muestra perenne de las especies que lo han habitado y lo habitan, incluidos el hombre y su cultura. Son museos naturales que nos hablan de que en el Jurásico dejaban su huella los dinosaurios y de que el Homo sapiens pescó y recogió moluscos.

Ahora siguen casi igual, un poco más viejos, ofreciendo cada uno de sus rincones al que quiera tomar el sol, pescar, bañarse o simplemente mirar.


Siempre han estado ahí, aunque nunca de la misma forma. Los pedrales de Ribadesella son un conjunto de piedras de todos los tamaños unidas por un cemento invisible; un encaje de siglos que continúa su devenir hacia un futuro de arena lejano. Azotados por los vientos de distinto nombre, los pedrales se cubren y descubren por el juego diario de las mareas. A veces se visten de colores claros y otras veces de la vestimenta agreste y turbia de las marejadas. Uno puede verlos paseando por la costa alta riosellana desde distintos promontorios privilegiados: la punta del Caballu, el monte Somos, Guía o la zona del Infierno (con área recreativa incluida). La cala del Portiellu, Vega, Abeu, Tereñes, la punta el Pozu, la Cetárea, Canales, Socampo, Borines, la Atalaya, Xico, Arbidel, Arra y Tomasón es una de las posibles clasificaciones que de Oeste a Este se pueden hacer al parcelar la continuidad de la zona de roca que queda entre los altos acantilados de paredes verticales. Pero este acto de nominación puede resultar demasiado arbitrario, ya que muchas zonas tienen más de un nombre. Además, el lenguaje humano ha ido designando cada rincón, cada peña, cada regato… y tal acumulación de apodos ha hecho que resulte más que complicada una efectiva y simplificada tradición oral. Así que nos quedamos sin saber por qué muchos de los lugares han sido llamados como se llaman.

 

Su pétrea constitución y la caprichosa distribución que han querido formar los desprendimientos de muchos siglos siguen albergando un hábitat floral y animal sin desperdicio ecológico. La flora de los pedrales es un componente esencial que ha purificado continuamente el agua y ha alimentado otras especies. El ocle, por ejemplo, un conjunto de algas desprendidas de las rocas por efecto de las mareas y muy abundante en estas aguas, se lo ha venido apropiando el hombre para usos industriales, alimenticios y medicinales. Uno de los vestigios de esta actividad puede verse en la costa de Abeu. Allí hay una grúa maltratada por la intemperie y los años que antes se utilizaba como instrumento para subir las algas. También abundan las laminarias, algas pardas y alargadas, de gran tamaño, en algunos casos, que quedan al descubierto en la bajamar.

 

Junto a los pozos pequeños cargados de vida las grietas y las grutas o la sombra de las piedras, suelen encontrarse un amplio abanico de esponjas: animales acuáticos que tras su muerte dejan unos rígidos esqueletos circulares fáciles de encontrar a poco que se busquen. Existe también una gran cantidad de seres planctónicos, con forma de globos ovales y gelatinosos, que nadan libremente con cuerpos transparentes. Anémonas, corales y medusas son algunas de las formas animales más conocidas de la costa riosellana, adaptadas a una defensa y captura del alimento continuas que les permiten alargar su existencia decorativa a ojos de los humanos por más tiempo.

 

El ciclo alimenticio de los pedrales es como una rueda que da vueltas. Las especies se comen unas a otras al ritmo de siempre. La base que lo sustenta son las algas y los microorganismos. Luego moluscos, crustáceos y peces que se sirven como alimento unos de otros. El hombre está al final de la cadena, ha utilizado el arma de su inteligencia para atrapar de todo y procurarse el alimento oculto del pedral. Llámpares, bígaros, arcinos (oricios), percebes, quisquillas, cámbaros, andariques, sepias, barbadas, congrios, xulies, cabras, lubinas y, ya un poco más lejos de la costa, langostas y centollos, son las especies que el riosellano ha capturado a lo largo de la historia. Se ha servido de la observación minuiciosa del comportamiento animal para fabricar esguileros, ganchos y cañas. Y ha usado a su favor la abundancia de las especies menores, elaborando el clásico “macizu” para capturar piezas más grandes.

 

El hombre prehistórico ya se alimentaba de todo esto, y el paso de los siglos ha conservado la esencia antropológica del riosellano en relación con su espacio vital, conservando, asimismo, las fórmulas alimenticias de sus antepasados sin darse cuenta. Siempre han sido frecuentes las “llamparadas”, “bigaradas”, “arcinadas”…

Las pandillas las preparan en sus chiringuitos y los bares las ofrecen a sus clientes regadas con sidra y vino. La fuerza de esta herencia lleva a ritos folklóricos que hablan de su armonía con la naturaleza. La quintaesencia de este folclorismo asociado al pedral es en la actualidad la Fiesta del pez, celebrada en la aldea de Tereñes en el mes de agosto. Un evento que brilla con luz propia en ese eterno ritual que hombres y pedrales han acordado. Todos a una, el pueblo de Tereñes baja a su pedral con decenas de cañas de bambú. Después, obtener un buen rendimiento en la pesca colectiva será la mejor garantía de la fiesta que la sucede.

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